Día de muertos, ritos funerarios y la muerte del Tlatoani en el México antiguo.

Día de muertos, ritos funerarios y la muerte del Tlatoani en el México antiguo

Los ANAHUAKAS veían la vida como un breve instante sobre la tierra, así que tenían muy presente su fugacidad y recibían a la muerte como parte de un ciclo natural. Sin embargo, la partida de los seres queridos era, como ahora, muy dolorosa, así que para despedirse se llevaban a cabo ritos funerarios que garantizaran su descanso eterno.

“¡En buen tiempo vinimos a vivir,
hemos venido en tiempo primaveral!
¡Instante brevísimo, oh amigos!
¡Aun así tan breve, que se viva!”.

Nezahualcóyotl , fragmento de “En buen tiempo vinimos a vivir”.

Pero no hay buen descanso sin merecerlo, así que el partir de esta vida sólo representaba el comienzo de un largo viaje de cuatro años que tendría que hacer el difunto para poder encontrarse en el Mictlán con el señor de los muertos llamado Mictlantecuhtli, y así descansar en paz eterna. Aquí te cuento algunos de los aspectos más importantes de los ritos funerarios para los mexica.

Los ritos funerarios y la muerte del Tlatoani en el México antiguo.

 

Ritos funerarios en el México antiguo

Durante el siglo XVI, la cremación era la forma común de disponer del cuerpo del fallecido, aunque no siempre era así. Las mujeres que morían dando a luz, por ejemplo, adquirían un carácter divino y su cuerpo era depositado en un templo especial, bajo vigilancia de sacerdotes. ¿Por qué estos restos mortuorios eran cuidados con tanto recelo? Porque los guerreros más jóvenes tenían la superstición de que un talismán hecho con un dedo de la mano de la mujer fallecida durante el parto les traería victoria en sus batallas. Los tlacatecolotl (hombres búho), por su parte, no se conformaban con un simple dedo, sino que buscaban hacerse del brazo izquierdo completo, con la creencia de que potenciaba sus poderes.

También se enterraba a aquellos que habían muerto por alguna causa que tuviera que ver con el agua, como lluvias, inundaciones, ahogamientos y rayos, pues se creía que habían sido reclamados por Tláloc. Cuando una persona ahogada era encontrada a los pocos días con ese típico color azul que adquiere el cuerpo, la gente común creía que lo habían reclamado los tlaloques, los ayudantes de Tláloc.

Los sacerdotes de Tláloc, entonces, se hacían cargo del cuerpo sagrado y lo pintaban de azul. Luego, en el entierro, también se le acompañaba de representaciones de Tláloc y de Chalchiuhtlicue, para que fuera bien recibido en el Tlalocan, el paraíso de Tláloc.

Sin embargo, en los demás casos de muerte la incineración era obligatoria. Se lavaba el cuerpo y se lo perfumaba con meticulosidad con esencias de flores -tal como en vida se aromatizaba el aire que respiraban-, para evitar los malos olores del cuerpo.

También se cortaba el cabello de la coronilla y se colocaba en una urna junto al cabello que se le había cortado el día de su nacimiento pues según los mexica ahí se hospedaba la memoria de su alma. También se le colocaba una piedra de jade en la boca para que pudiera atravesar el Mictlán. Finalmente, el cuerpo era envuelto en petates para proceder a su incineración.

Pero no bastaba con morir para ir tras el descanso eterno: el difunto debía haber tratado bien a los perros estando en vida, para que uno de ellos lo ayudara a cruzar el río Apanohuayan. Esta era primera prueba que había que pasar en el largo camino hacia el Mictlán. Si había sido cruel con los perros, ellos no lo ayudarían a cruzar el río y el alma se quedaría vagando a ciegas por la eternidad.

Si el fallecido era un gobernante el cuerpo era ataviado como si estuviera vivo, y acudían los tlahtoque a darle su último adiós. Luego era llevado sobre una multitud a la plataforma circular Cuauhxicalco -una pequeña estructura frente al Templo Mayor en Tenochtitlan-, donde permanecía por cuatro días después de la muerte según Fray Toribio de Benavente.

Al mismo tiempo que el humo de copal ascendía hacia el cielo los sacerdotes animaban a la gente a cantar los miccacuicatl, que eran cantos de muerte, poesías que se expresaban con de dolor, llantos y gritos de angustia. También se danzaba en honor al fallecido y así, entre humo y cenizas, se despedía a quién los había gobernado.

“Ay, solo me debo ir,
solamente así me iré
allá a su casa …

¿Alguien verá otra vez la desdicha?.
¿alguien ha de ver cesar
la amargura, la angustia del mundo?

Solamente se viene a vivir
la angustia y el dolor
de los que en el mundo viven
¿alguien ha de ver cesar
la amargura, la angustia del mundo?”.

 Nezahualcóyotl.

Los ritos funerarios y la muerte del Tlatoani en el México antiguo.

Por último, el cadáver era incinerado y las cenizas que quedaban al final eran colocadas en una figura de madera que asemejaba el cuerpo del tlatoani, en los días posteriores se le ofrendaba comida y agua como si aún estuviera con vida, o como si se encontrase en trance antes de partir al mundo de los muertos, y aún necesitara de los alimentos.

Para el resto de la población las ceremonias no eran tan fastuosas, pero también eran incinerados y sus cenizas enterradas con alimentos y sus pertenencias.

En el caso de los militares, además de los ritos anteriores, los soldados mayores se dirigían a los jóvenes hablando con grandes elogios para el difunto y exhortando a los presentes a morir con dignidad para partir de este mundo con los mismos honores.

A los muertos jóvenes se les enterraba con una gran cantidad de alimentos, pues se creía que, por la falta de maduración de su cuerpo, al morir necesitarían comer para tener fuerzas y así poder llegar a su destino.

A los comerciantes se les enterraba con sus posesiones más valiosas, emblema de la profesión que habían desempeñado en vida.

Por último, si una persona moría en algún lugar lejano y su cuerpo no podía ser recuperado, se elaboraba una representación del difunto con madera y papel, ello con la finalidad de darle a la familia la oportunidad de despedirse de su ser querido.

Estas prácticas continuaron por muchos años más después de la invasión, e incluso el autor Francisco Cervantes de Salazar se lamentaba, en 1553, porque los nativos mexicanos continuaban con sus rituales, que los españoles consideraban obra del demonio.

¿Qué te parece? Suena complejo, ¿no? Sin embargo este es solo el principio, pues los ritos funerarios en el México antiguo eran muy específicos dependiendo del tipo de muerte. Vaya que los pueblos prehispánicos tenían mucha consideración por la forma en que uno habría de partir de este mundo.

Fuentes sobre ritos funerarios en el México antiguo:
“Ritos y Mitos de la Muerte en México y otras culturas”, por Marco Antonio Gómez Pérez y José Arturo Delgado Solís.

“La muerte del Tlatoani, costumbres funerarias en el México antiguo”, por Doris Heyden


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